La mujer y el Feminismo

“Doy gracias a los Dioses por tres cosas, una por no haber nacido mujer…” Platón.

Parece difícil ignorar deliberadamente al cincuenta por ciento de la población, pero lo cierto es que, a lo largo de [CASI] toda la historia hasta hoy, lo hemos hecho. Desde su surgimiento, el patriarcado se ha empeñado en no considerar a las mujeres personas, esto es, no considerarlas agentes sociales de cambio.

El concepto antropológico de cultura implica comprender que cualquier ser humano es agente de cultura. La cultura se puede definir como el conjunto de reglas con cuyo uso las personas dan forma a la acción social. Las reglas que confieren la cultura mueven el mundo y son sometibles a transformación mediante la acción de la persona que las pone en práctica [BEBER CERVEZA DE UNA MANERA Y NO DE OTRA EN UN BAR, ES CULTURA Y, POR TANTO, DEFINE LA ACCIÓN SOCIAL].

Que las mujeres no hayamos sido consideradas agentes sociales nos sitúa en la historia como seres pasivos sin mérito. Y, lo más importante, si no eres un agente social, ¿por qué vas a tener derechos? ¿Por qué vas a ser considerada?

El movimiento feminista, uno de los grandes movimientos sociales de la historia [YES, BABY], parece no haber existido nunca.

Conocer la historia de las teorías feministas es muy importante para saber cómo hemos llegado hasta aquí y dónde nos situamos actualmente las mujeres. Es un gran ejercicio para ganar conciencia situacional, algo que la historia [AHORA YA SABEMOS QUE MAL LLAMADA] “universal” nos ha querido arrebatar.

Lo que nos revela la historia de las teorías feministas es que las mujeres no solamente somos agentes sociales, y que hemos luchado contra la discriminación y violencia que se ejerce contra nosotras, que sí, sino que las mujeres también han luchado contra la ontología.

Ana de Miguel define la ontología como “[…] ese núcleo duro de creencias en las que vivimos. […] Son las raíces y los nutrientes de muchas de nuestras creencias más básicas esas que no sabemos explicitar, por ser tan básicas como el aire que respiramos”.

La teoría feminista es una [LA] herramienta para atacar la raíz de estas creencias tan básicas como el aire que respiramos y que nos desvela las estrategias sociales y recursos ideológicos primordiales sin las que el patriarcado, quizá, no sería posible.

Voy a hacer un breve recorrido por la historia de la teoría feminista con el objetivo de ser conscientes de cuánto necesitamos conocer esta historia y teorías para conceptualizar nuestra propia realidad [Y KICK IT IN ITS ASS].

Un buen punto de partida para comenzar esta historia, en la sociedad Occidental [OJO], es la Ilustración y la Revolución Francesa.

El discurso ilustrado se define por la universalidad y por la igualdad de todos los sujetos [JAJAJAJA]. La Revolución Francesa pone punto final al Antiguo Régimen y da paso a una nueva ontología, ética y política, en la cual todos los filósofos coincidieron en que la razón debía ser el instrumento para sellar un nuevo pacto social, un nuevo contrato social.

[HASTA AQUÍ TODO OK].

La publicación en 1789 de Los derechos del hombre y del ciudadano se declara como el momento cumbre de este nuevo cambio, cuyo artículo primero decía “los hombres nacen libres e iguales de derecho”, pero, en esos “hombres”, ¿acaso estaban incluidas las mujeres? [CREO QUE NO JAJAJAJA].

De alguna manera, los grandes filósofos ilustrados [VARONES, OF COURSE] se las apañaron para, como dice la filósofa [FAV] Celia Amorós, “trampear la universalidad de sus propios postulados”. Resulta que cuando se formularon las reivindicaciones de Igualdad, Libertad y Fraternidad no estaban pensando precisamente en las mujeres [SOPRESA PARA NADIE JAJAJA].

La gran filósofa Ana de Miguel cuenta en su libro Ética para Celia como Rousseau, el gran filósofo [SEÑORO] ilustrado, uno de los máximos exponentes de la defensa del discurso igualitarista, había puesto límites a su ideal igualitario. De las mujeres decía:

“Cuidarnos y hacer que nuestras vidas sean más fáciles y agradables. Estas son las funciones de las mujeres en todo tiempo y lugar y para lo que deben ser educadas desde la infancia”. [TRADUCCIÓN: LAS MUJERES A FREGAR]. No contento con esto, Rousseau justificó que la mujer recibiera una educación diferencial y altamente represiva [Y LO DEJÓ POR ESCRITO JAJAJA].

Como dice Ana de Miguel “nuestra misión en la nueva sociedad queda retratada con precisión” o como lo denomina Celia Amorós “el morro epistemológico de los filósofos”.

En definitiva, el gran cambio [TIMO] ontológico fue establecer que todos los varones nacen libres e iguales.

[Y HASTA AQUÍ LA ILUSTRACIÓN LOL].

Tras haber luchado en las calles junto con los hombres durante la Revolución, las mujeres no se podían creer que no estuvieran incluidas en la declaración de libertad e igualdad. Organizadas y con experiencia política, se revelaron y lucharon. Pero, como resultado, sus colegas varones las encarcelaron, cerraron sus clubes y las ejecutaron por traición a la patria [ESTE ES UN PEQUEÑO DATO QUE OMITEN EN LOS LIBROS DE TEXTO, VAYA].

En 1791, como contrapunto a Los derechos del hombre y del ciudadano, Olympe De Gouges escribió La declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, forjando la autoconciencia de las mujeres, donde reclamaba que “Las madres, las hijas, las hermanas representantes de la nación, piden que se las constituya en Asamblea Nacional”. En palabras de Ana de Miguel, “a De Gouges no se le constituyó una asamblea, pero sí una sobria y elegante guillotina que le rebanó el cuello al atardecer”.

Pero, como un efecto mariposa, las voces vindicativas de las mujeres comenzaron a calar en las conciencias traspasando, incluso, fronteras.

Por ejemplo, en Inglaterra, Mary Wollstonecraft, inspirada por las revolucionarias francesas, publica en 1792 La vindicación de los derechos de la mujer, otro gran clásico de la teoría feminista.

A partir de este momento, se siembran dos semillas: una de ellas será la articulación teórica del feminismo como un producto directo de la Ilustración [ES A LO QUE LLAMARÍAMOS “EL TIRO POR LA CULATA DE LOS ILUSTRADOS”]; la otra será la misoginia pre-romántica [THE GAME IS ON].

Así las cosas, y con estos notables precedentes ilustrados en la mano, las mujeres occidentales comienzan a organizarse políticamente, bebiendo de los cambios sociales y políticos del siglo XIX. Junto con el liberalismo y el socialismo, el feminismo se puede considerar parte de esta “triada capitolina” del XIX.

A mediados del siglo XIX, las mujeres pronto se darán cuenta que la única manera de conseguir sus reivindicaciones será a través del voto, es decir, de la influencia política. Surge, así, el movimiento sufragista, considerado una de las fases más largas [Y FRUSTRANTES] del feminismo.

Las sufragistas lucharon para lograr que las mujeres tuvieran voz en los asuntos de la vida pública, pero también lucharon en contra de la misoginia romántica y la “naturalización” de las mujeres, esos prejuicios ancestrales que las relegaba al papel de esposas y madres. Tarea nada fácil, ya que significaba enfrentarse a la autoridad de algunos de los más grandes filósofos de la Ilustración.

[ANÉCDOTA EN NOTA AL PIE[1]].

No fue hasta 1917 en Inglaterra y 1920 en EE.UU. que las mujeres [ALGUNAS] adquirieron el derecho al voto y, tras las primera Guerra Mundial, el resto de la mayoría de los países del mundo fueron en cadena.

Así las cosas, surge una “escisión” de la que poco se habla, y es que lo que ocurrió fue que las mujeres de las clases medias y altas habían quedado relegadas al espacio doméstico mientras que sus compañeras proletarias habían sido incorporadas en masa al sistema fabril. Las sufragistas reclamaban el derecho al trabajo “sin tener en cuenta” que las mujeres obreras se estaban pudriendo en las fábricas.

Ante este panorama, surgen voces desde los movimientos socialistas y anarquistas denunciando la situación de estas mujeres. Voces como la de Flora Tristán (1803-1844) o Clara Zetkin (1857-1933).

Un paso más allá irá la [MARAVILLOSA] teórica rusa Alejandra Kollontai (1872-1952), una mujer adelantada a su tiempo, que señalará que hay que analizar la situación concreta y actual de las mujeres de cara a definir una estrategia para su efectiva independencia [JA].

Tras la Primera Guerra Mundial, aumentó el conservadurismo y, con ello, un aumento de las fuerzas antifeministas. Este conservadurismo se radicalizaría aún más después de la Segunda Guerra Mundial. Así, el feminismo entró en una etapa de decadencia que no se recuperaría hasta los años 60 del Siglo XX.

Precisamente en los años 60, surge el feminismo liberal, cuya máxima exponente es la escritora y célebre feminista liberal americana Betty Friedan con su famosa obra «La mística de la feminidad» [UN MUST DE LA TEORÍA FEMINISTA]. El feminismo liberal definía la situación de las mujeres en términos de desigualdad, y no de opresión y explotación, y se postulaba para reformar el sistema hasta conseguir una igualdad entre los sexos, reivindicando, sobre todo, el espacio público para las mujeres.

Sin embargo, fue al feminismo radical, caracterizado por su aversión al liberalismo, a quien correspondió el verdadero protagonismo en las décadas de los sesenta y setenta.

El feminismo radical [OJO QUE “RADICAL” AQUÍ HACE REFERENCIA A “RAÍZ”, PORQUE VA A LA RAÍZ DEL PROBLEMA] se desarrolló entre los años 1967 y 1975 en Norteamérica, originado por los movimientos contestatarios de la época [EL FEMINISMO VA A SACAR SU ARTILLERÍA PESADA].

El feminismo radical defiende que el problema de la opresión y explotación de las mujeres es debido al patriarcado, término que acuñan estas feministas y que lo van a definir como “el sistema de dominación básico sobre el que se asientan los demás, raza y clase, y no puede haber verdadera revolución sino se lo destruye” [BUM].

El feminismo radical no solo reivindica transformar el espacio público sino también el privado y defiende que la dominación patriarcal no es un subproducto del capitalismo, y no desaparece simplemente con la revolución socialista, sino que el patriarcado se adapta a diferentes sistemas económico-políticos y es universal [BUAH].

Y no solo eso, sino que el feminismo radical distingue entre el sexo biológico y el género cultural y articula que el patriarcado se sustenta en la socialización diferencial entre los sexos bajo la imposición de un género que es jerárquico y establece relaciones de poder desiguales [BUAAAAHHHH].

Uno de los aspectos más revolucionarios parte de la feminista Kate Millet donde en su célebre obra “Política Sexual” [OTRO MUST] redefine la política como “un conjunto de estrategias destinadas a mantener un sistema de dominación” e identifica como centros de dominación patriarcal esferas de la vida que hasta entonces se consideraban privadas y personales, como la familia o la sexualidad.

Millet dejará claro que la relación entre los sexos es, pues, política, es decir, una relación de poder.

Este planteamiento es de una importancia vital para el feminismo, primero, porque reconoce que lo que les ocurre a las mujeres no es un problema personal, sino que es un problema social y nos convierte en algo muy relevante: sujetos políticos. Y teniendo claro el sujeto político, se puede llevar a cabo esa lucha específica de la que hablaba Kollontai ya en el siglo XIX. Y, segundo, porque significa que no estás sola.

El feminismo radical va a luchar para que te dejen de pasar cosas por ser mujer.

En definitiva, los análisis y reclamos del feminismo radical de los 70 siguen estando vigentes hoy en día, ya que, según nuestras grandes filosofías contemporáneas, aún estamos muy lejos de haber superado la sociedad criticada por las feministas radicales de los 70.

Lo peor del feminismo es darse cuenta de que todo es bastante tremendo [UNA SHIT, BAJONAZO], y que, encima, sigue existiendo una visión estereotipada y patriarcal de las feministas. No está llegando un mensaje intelectualizado [SINO UN MENSAJE A LO PACO MARTÍNEZ SORIA]. Sin embargo, el feminismo está transformando nuestras sociedades para bien.

El feminismo no es la reducción simplista de la “igualdad” [PORQUE ¿QUÉ ES ESO?], ni pretende simplemente que las mujeres y los hombres tengamos los mismos derechos y oportunidades, que también. Lo realmente remarcable del feminismo es que es la teoría que desarticula las artimañas del sistema patriarcal, dejando claro que las mujeres sí somos agentes de cambio y que hemos tenido que ver, y mucho, en la historia de nuestra propia humanidad. 

Y conocer la teoría feminista nos puede hacer cambiar nuestra acción social.

Tal y como dice Ana de Miguel en su libro Ética para Celia, “[…] nos hallamos frente a una batalla simbólica en torno a la apropiación de nuestro pasado reciente, porque si quienes olvidan su historia están condenados a repetirla qué decir de quienes ni siquiera tienen historia”.

Fuente de la imagen destacada: Almu Arribas.


[1] Al finalizar el siglo, después de un gran aprendizaje político, pero sin apenas éxitos, las mujeres estaban preparadas para radicalizar sus posiciones. Las sufragistas comenzaron a organizar manifestaciones o a llamar la atención con muestras de desobediencia civil, como la sufragista Mary Maloney que se dedicó a boicotear los mítines de Churchill, por su desplante hacia las sufragistas, haciendo sonar una campana cada vez que él intentaba hablar [JAJAJAJAJA TOP]. Algunas también lanzaron ataques contra la propiedad, lo que les costó la cárcel.

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