La Mujer Tímida y Casta

“Así debe sentirse una persona negra recibiendo una clase sobre el Ku Klux Klan”, pensó Sarah Hrdy cuando cursaba su doctorado en antropología en la Universidad de Harvard. [Entrevista realizada a Hrdy el 23 de febrero de 2018 en el periódico El espectador]

El núcleo de la teoría de la selección sexual, aplicada a los humanos, ha sido la idea de que los hombres son promiscuos y no discriminan, mientras que las mujeres son sexualmente pasivas y sí lo hacen. Los hombres buscan novedades sexuales y las mujeres relaciones monógamas y estables. Esta síntesis encaja a la perfección con las dicotomías que construyen la cultura occidental: Las mujeres monógamas, los hombres polígamos. Consolidando la imagen de la mujer como mojigata y casta.

A lo largo del siglo XX, principalmente dentro del área de investigación de la psicología evolutiva, los científicos han apoyado esta teoría con diversos estudios [SEXISTAS, CLARO] basándose en las teorías de Darwin y rescatando el estudio sobre el comportamiento sexual de las moscas de la fruta de Bateman [QUÉ TOP], entre las referencias más relevantes. Como resultado nos encontramos con el típico “boys will be boys” que tanto ha calado en la opinión pública.

Todo ello es una idea muy sencilla que encaja con nuestros estereotipos culturales, sobre todo occidentales y, simplemente, te la crees.

Después de décadas de esfuerzo, hoy disponemos de datos que contradicen flagrantemente esta teoría.

Los estudios más destacados han sido realizados por la antropóloga Sarah Hrdy, catedrática emérita de la universidad de California, alma máter de la universidad de Harvard y pionera altamente reconocida en la modernización de nuestra comprensión de las bases evolutivas del comportamiento femenino en primates no humanos y humanos.

Hrdy opina que los científicos han retorcido de forma tan extrema la teoría evolutiva que no hace justicia ni a las mujeres ni a la verdad y concluye que las reglas que dictan cómo deben relacionarse hombres y mujeres tienen mucho más que ver con la sociedad que con la biología.

Para ilustrar esto último, he recopilado una serie de ejemplos culturales que fluyen por las diferentes zonas del espectro de la libertad sexual de las mujeres.

En uno de los extremos del espectro se sitúan las mujeres himba, una comunidad indígena del norte de Namibia. Su cultura admite que las mujeres casadas tengan relaciones extramatrimoniales sin que el marido pueda hacer nada al respecto sino aceptarlo. Con estas relaciones fuera del matrimonio, las mujeres himba simplemente buscan sexo.

En esta misma zona del espectro hay más ejemplos. Las mujeres mosuo de China practican lo que esta cultura denomina zouhun o “matrimonio ambulante” el cual permite que las mujeres mosuo tengan relaciones con todos los amantes que quieran a lo largo de su vida.  Asimismo, hay comunidades aisladas de Sudamérica donde se da un concepto llamado paternidad divisible: la madre no está segura de qué padre es el hijo y entonces éstos comparten la paternidad. O incluso hay subpoblaciones de Estados Unidos donde, debido a la alta tasa de mortalidad masculina, las mujeres tienen una pareja detrás de otra en lo que se conoce como “monogamia sucesiva”.

En más o menos la mitad del espectro, encontramos el doble rasero moral que se aplica al comportamiento sexual de las mujeres. En la mayoría de las sociedades se espera de una mujer que se comporte con mayor modestia que un hombre, lo que se refleja en su forma de vestir y de comportarse y en lo sexualmente activa que se muestra. Para contribuir y reforzar esta idea, la sociedad nos ha impuesto una conciencia muy aguda sobre nuestros cuerpos [DE LAS MUJERES]. Como, por ejemplo, los anuncios publicitarios llenos de fragmentos de cuerpos femeninos, los espacios públicos sexuados como masculinos en los que podemos tomar conciencia de la lectura social que se hace de nuestro cuerpo [EN CRISTIANO: CLUB DE STRIPTEASE] y los modelos de belleza femenina que nos propone la industria de la moda o la cosmética, entre otros. Lo que se traduce en que nosotras mismas somos muy conscientes de nuestras “trasgresiones”. Cuando la presión social no basta para poner límites a la conducta de las mujeres, los hombres se toman muchas molestias para reforzarla siendo las formas más agresivas la violencia de género y la violación. Por último, en algunos países este doble rasero ha alcanzado hasta rango de ley, existiendo una larga lista de cosas que las mujeres tienen prohibido hacer en relación con sus propios cuerpos.

Pasando al peor extremo, es decir, la restricción total de la libertad sexual femenina, tenemos el caso de la mutilación genital femenina donde la versión más infame y lesiva es la infibulación. Además de la remoción total del clítoris y los pliegues internos de la vagina, con esta práctica se estrecha la abertura de la vagina, apenas dejando un orificio para orinar y menstruar, éste puede llegar a ser tan pequeño que a veces las tienen que volver a abrir para tener relaciones sexuales o parir. El propósito de la mutilación genital femenina es preservar, por un lado, la virginidad de las jóvenes y, por otro, la fidelidad al marido una vez casadas. A parte de las infecciones y problemas de salud que acarrea esta práctica, es muy común que las mujeres sufran depresiones y sean más vulnerables a la violencia doméstica por negarse a tener relaciones sexuales. Desde luego es el método más perverso para garantizar al hombre que la progenie es solo suya.

Otras prácticas en este extremo del espectro han sido el conocido vendaje de pies en China. Durante siglos, esta práctica tremendamente dolorosa desfiguró los pies de millones de mujeres chinas con el propósito de complacer al marido, ya que los pies pequeños eran considerados un fetiche sexual. El planchado de senos, arraigado culturalmente en África occidental, es otra práctica que consiste en golpear con piedras, espátulas u otros objetos calientes los pechos de las mujeres durante la pubertad con el objetivo de detener su desarrollo. El fin de esta práctica es evitar que las jóvenes sean objeto de deseo sexual por parte de los hombres en edades tempranas. Actualmente, esta tortura la siguen sufriendo un 25% de las niñas solo en Camerún. Por último, pongo el ejemplo de las chozas menstruales. Durante la menstruación, considerada un período impuro y de mal presagio, las mujeres son aisladas en diminutas “chozas” en medio de la intemperie. El verdadero propósito de esta reclusión es permitir a los hombres estar al tanto, de forma encubierta, de la fertilidad de sus esposas e hijas.

La antropóloga Sarah Hrdy cree que ha sido “esta represión sistemática y deliberada de la sexualidad femenina durante milenios la que ha dado lugar al mito de la mujer tímida y casta”.

La sexualidad femenina lleva tanto tiempo reprimiéndose que los científicos ni siquiera se preguntaban si existía la posibilidad de que ese comportamiento no fuera biológico.

Lo que creo que está claro es que las mujeres no son en absoluto tímidas y castas por naturaleza. Si lo fueran, entonces no se entendería por qué la sociedad se ha tomado tantas molestias en asegurarse su fidelidad. Como todo, no es algo sencillo y evidente a simple vista.

Bibliografía:

Hrdy Sarah. (1999). The Woman That Never Evolved. Harvard University Press.

Saini, Angela. (2017). Inferior. Harper Collins.

Paz Moreno Feliú. De lo lejano a lo próximo: un viaje por la antropología y sus encrucijadas. Editorial universitaria Ramón Areces.

Entrevista con Sarah Blaffer Hrdy: “Evolutivamente, las mujeres queremos sexo, pero no necesariamente hijos”. María Mónica Monsalve S. 23 Feb 2018, El Espectador.

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