La Mujer y la Locura

“Con sólo tocar puedo matar, sim salabim bim, la más linda flor. Encuentro placer propagando el dolor. Pues soy loca, magnífica, clásica, soy Madam Mim […] ¡Un fenómeno soy, la lunática y única, loca, genial, Madam Mim!” (Canción “Mad Madame Mim”, de la película Merlín el Encantador, de Disney.)

Este nuevo post es el resultado de una colaboración muy especial. Lo hemos escrito conjuntamente mi querida Inés Abalo, doctoranda y brillante neurocientífica, y yo. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotras lo hemos hecho investigando.

Cuando pensamos en la locura es difícil no imaginarse un escenario similar al que ofrece la película de Alguien voló sobre el nido del cuco: un asilo psiquiátrico lleno de individuos con miradas ausentes, actitudes extrañas o comportamientos erráticos que inspiran, admitámoslo, algo de miedo. Ahora bien, ¿cuánta relación guarda esta imagen con la realidad? ¿Qué es la locura y cómo se diagnostica? Y, lo que a nosotras especialmente nos ocupa, ¿cómo se ha relacionado con (o más bien utilizado en contra de) la mujer? ¡Empezamos!

¿Qué es la locura?

Aunque el término “enfermedad mental” no se acuñó hasta el siglo XIX, la locura ha existido desde que el mundo es mundo. En realidad, todas las sociedades, en todos los momentos de la historia y en todos los rincones del planeta, han tenido individuos que, por sus extravagancias, costumbres o el (¿sin?)sentido de sus palabras, eran entendidos como “loc@s”. Sin embargo, la creación del término “enfermedad mental” permitió que se pudiera comenzar a tratar, de manera institucional, a los individuos que las poseían. Había nacido la psiquiatría.

En la actualidad, las llamadas “enfermedades mentales” se recogen en manuales que los psiquiatras utilizan para diagnosticar el mal que padece el individuo en cuestión. Ahora bien, es importante tener en cuenta dos aspectos esenciales que diferencian el diagnóstico de la “locura” del resto de enfermedades médicas:

1. Su carácter normativo. En otras palabras, a diferencia del resto de enfermedades médicas, no existe una prueba biológica que sirva para confirmar el diagnóstico de la enfermedad mental. Ni PCRs ni pruebas serológicas: su presencia o ausencia viene determinada por el cumplimiento de unos criterios que establecen los psiquiatras y que se recogen en manuales como el DSM-5 o el CIE-10. En un resumen muy resumen, podemos decir que lo que hace la psiquiatría es definir, en un primer lugar, una “normalidad” para, a continuación, detallar los criterios que la alteran y que determinan el diagnóstico de la enfermedad mental. La popularmente llamada “locura”, por ende, aparece como resultado de la “desviación a una norma” que se ajusta a unos criterios establecidos.

Veamos un ejemplo. Según el DSM-5, el TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad) se diagnostica si “seis (o más) de los siguientes síntomas se han mantenido durante al menos 6 meses en un grado que no concuerda con el nivel de desarrollo”. Podemos ver, por tanto, cómo se establece un “nivel de desarrollo normal”, y el diagnóstico se verifica cuando el comportamiento de la persona no concuerda con él. Por ello decimos que el diagnóstico psiquiátrico es normativo, ya que se verifica cuando la persona se desvía de la norma.

De manera similar, los criterios que describen las diferentes “desviaciones” son también resultado de decisiones y consensos. Y, precisamente por ello, varían con el paso de los años: porque aquello que se considera “desviación de la norma” puede cambiar en función del tiempo y el contexto. Recordemos, por ejemplo, como la homosexualidad fue considerada enfermedad mental (presente por tanto en el DSM, junto a la esquizofrenia y el trastorno bipolar) hasta 1973.

2. Un fuerte estigma social. El diagnóstico de la enfermedad mental lleva tristemente asociado un fuerte estigma social. En los inicios de la institucionalización de la psiquiatría, el trato que estas personas recibían era a menudo vejatorio, y no habría sido jamás tolerado de haber recibido el diagnóstico de una enfermedad médica. Eran ciudadanos de segunda, y ni su voluntad ni su palabra eran tomadas en consideración. Por ejemplo, no poseían el derecho de decidir si querían o no recibir “tratamiento” [ENTRE COMILLAS PORQUE NOS REFERIMOS A INTERVENCIONES MÉDICAS TALES COMO “LOBOTOMÍAS” O “ELECTROSHOCKS”], y eran encerrados en asilos que se parecían más a prisiones que a hospitales. Por fortuna, el trato que se ofrece a estas personas ha mejorado notablemente, y se ha hecho un grandísimo trabajo de des-estigmatización en las últimas décadas.  Pese a ello, lo cierto es que hoy en día, la mayoría de individuos ocultan su diagnóstico si este viene determinado por un psiquiatra.

Por otra parte, cabe destacar el “diagnóstico” que la población general a menudo ofrece, que sigue estando fuertemente ligado a este estigma social. Nos referimos al “mi vecino, que está un poco loco”, que viene a indicarnos, en el mejor de los casos, que es preferible no hacer mucho caso a lo que éste diga. Y, en el peor de ellos, recomienda apretar el paso por las escaleras para no verle, no tener en cuenta nada de lo que diga y tratar de evitarle siempre que sea posible. Queda aún mucho por mejorar, como podemos ver.

Si entendemos bien estas dos peculiaridades del diagnóstico psiquiátrico, podemos empezar a entrever los problemas que pueden derivarse de él, ¿verdad? Pensémoslo fríamente: si la “locura” se diagnostica como desviación de la norma y tiene la potencialidad de acallar a la persona que recibe la etiqueta… ¿qué ocurre cuando la definición de la norma es perversa? ¿Comenzáis a ver el problema? El psiquiatra Thomas Szasz, en su libro Esquizofrenia. El símbolo sagrado de la psiquiatría, nos cuenta en varios ejemplos cómo regímenes dictatoriales, como en la antigua URSS, utilizaban el diagnóstico psiquiátrico para encerrar en asilos a disidentes del régimen y “tratarlos” [¿DE QUÉ? ¿DE OPINAR DIFERENTE?] en contra de su voluntad. Escalofriante cuanto menos.

La mujer y la locura.

A estas alturas podéis haceros una idea del puerto al que queremos llegar. Y es que, efectivamente, amigas. Desde tiempos inmemorables, la locura ha sido utilizada como un arma arrojadiza en contra de las mujeres. Vayamos paso a paso.

El patriarcado no es más que un sistema de valores y reglas que define unas normas muy concretas: la mujer es débil, sumisa, frágil, vulnerable, pasiva, obediente y toda esa sarta de adjetivos que se encaja en lo que podríamos definir como “feminidad”. ¿Qué ocurre si una mujer se desvía de estas normas? ¿Qué ocurre si una mujer es fuerte, activa sexualmente, reivindicativa o insumisa? Que es acusada de loca y su persona, por ende, pasa a ser devaluada. ¿Exageramos? Tristemente, ni un poquito, porque la historia nos lo cuenta.  

Con este tema de la locura es extremadamente [FRIKI] interesante analizar nuestra herencia clásica, ya que, como siempre, nos ayuda a entender la raíz del concepto de “locura” y, sobre todo, su [MUY FÁCIL] atribución a las mujeres.

La tragedia griega es el género por antonomasia que hace uso de la locura como recurso y mecanismo dramático. La locura se definía como la alteración desmesurada de todo tipo de pathos (sentimientos/comportamiento) [ANDA], que, además, muchas veces producía transformaciones físicas en los personajes, en algunos casos hasta la animalización. En el caso de la tragedia griega, el enloquecimiento de los personajes [HUMANOS] proviene, ya sea de forma directa o indirecta, de los dioses. Esto es debido a que el pensamiento griego de la época consideraba que las emociones no eran intrínsecas al individuo, sino que eran provocadas por fuerzas exteriores. La locura se presenta, en definitiva, como un “estado perturbado” de origen divino.

Pero resulta muy interesante que, en el caso concreto de las mujeres, la locura se definía como una desviación de sophrosyne (σωφροσύνη) femenina[1] [ANDA] aparentemente provocada por la acción de algún dios. Es el caso de Evadne en Las Suplicantes de Eurípides. En esta tragedia, Evadne, de forma inesperada y escandalosa, aparece en escena vestida de novia preparada para lanzarse a la pira en la que arde el cuerpo de su esposo, Capaneo, con la intención de revalidar con este acto sus bodas. La particularidad de la escena no reside en el hecho del suicido, que en la tragedia es una muerte en femenino [FYI], sino la forma de llevarlo a cabo. Poseída como una ménade (ahí su relación con un dios, Dioniso), Evadne se aparta de la norma suicidándose en público y en un lugar público, trasgrediendo de esta forma la sophrosyne femenina.

Esto los griegos, ¿y los romanos? Pues bien, la tragedia latina hereda muchas de las figuras enloquecidas en la tragedia griega, como pueden ser Fedra, Medea o Heracles, pero [IMPORTANTE] se produce un cambio de mentalidad transformando lo monstruoso en irresponsabilidad humana que afecta al orden jurídico [ESTO YA NOS EMPIEZA A SONAR. GUIÑO, GUIÑO]. Esto quiere decir que, para los romanos, desaparece la responsabilidad divina del estado de locura, o furor[2], y se convierte en algo exclusivamente humano.

Por ejemplo, en la tragedia griega Hipólito, de Eurípides, la diosa Afrodita castiga a Hipólito a través de su madrastra, Fedra, haciéndola enloquecer de amor por él, debido a que Hipólito es un ferviente seguidor de Artemis, enemiga de Afrodita [CONFLICTO ENTRE DIOSAS]. Sin embargo, en la tragedia latina de Fedra, Séneca omite el conflicto de las diosas [NO EXISTE] y describe el furor de Fedra como producto de su condición humana [MÁS BIEN DE MUJER]. Fedra se enamora “locamente” de su hijastro, Hipólito, porque no es capaz de refrenar su pasión con el uso de la razón [MUY TÍPICO DE LAS MUJERES, YOU KNOW] y entra en un estado de locura, furor.

Pero ¿realmente importa esta diferencia? Pues sí [HIJA, SÍ], y mucho. Vamos a ver que este pensamiento romano se va a arrastrar durante siglos hasta sus últimas consecuencias.

Para entender este concepto de “locura romana”, es imprescindible conocer el concepto de “moral romana”. La moral romana tiene una dimensión social y su propósito se basa básicamente en la subordinación de lo individual a la exigencia comunitaria. Entonces, los romanos enfocan la locura como una perversión moral, una conducta del individuo desviada de lo normativo que tiene consecuencias sociales. La locura se convierte, por tanto, en un aspecto social.

El caso es que, tanto en la antigua Grecia como en la antigua Roma, son las mujeres las que se consideran más propensas a desviarse del comportamiento esperado, de la sophrosyne (σωφροσύνη) femenina o de la moral, respectivamente, y era común achacar la corrupción de la sociedad a la degeneración femenina [CLARO QUE SÍ GUAPI]. En las fuentes clásicas vemos que al sexo femenino se le atribuyen defectos como la falta de autocontrol, locura (furor), vicio, ignorancia, inconstancia, irreflexión, hipersensibilidad y un largo etc. Séneca directamente aplica el adjetivo “femenino” a las faltas de moral en general [ASÍ SE HACE, MORENO]. No es difícil pensar que este tópico de la debilidad de las mujeres ante las pasiones y su propensión a la desviación moral se encontraba también presente en la vida real y no solo en la literatura y hace patente el grado de molestia social que se le atribuye a la mujer dentro de la sociedad patriarcal de entonces [¿DE ENTONCES?].  

Pero la jugada maestra del “invento” de la locura, como aspecto social, es la pérdida instantánea, total y absoluta de autoridad, poder o credibilidad de la persona que es tildada de “loca”, como ya hemos comentado. Y que [CASUALMENTE, VAYA] en la literatura clásica también encontramos a nuestra loca pionera por excelencia: Casandra. Como no, una mujer.

El dios Apolo se había encaprichado de una de sus sacerdotisas, Casandra. Entonces le propuso un trato: le concedería el don de la adivinación si esta accedía a acostarse con él. Sin embargo, cuando Casandra recibió el don, se arrepintió y rechazó a Apolo. El dios, furioso, decidió no retirarle el don de la adivinación, pero la maldijo de tal forma que nadie creería en sus pronósticos [EJEM]. Desde ese momento, Casandra fue considerada una loca y cuando predijo la destrucción de Troya o la muerte de Agamenón, efectivamente, nadie la tomó en serio. ¿Cuántas de vosotras no os habéis sentido alguna vez como Casandra? ¿Tan familiarizadas con ese sentimiento de impotencia de no ser tomadas en serio a pesar de saber de lo que habláis?

Dicho esto, nos podría surgir la pregunta de ¿pero, por qué se ha tenido [O SE TIENE] la idea de que las mujeres son más propensas a desviarse de lo que dicta la convención social? Fácil. Primero, porque, como dice Phyllis Chesler, en general, el rango de comportamientos aceptables que se concede a los hombres (especialmente a los blancos, ricos y mayores) es mucho mayor que el que se les permite a las mujeres [ESTO ES DE 1º DE MUNDO]. Puesto que las mujeres tienen restringidos muchos comportamientos totales y unos límites más estrictos dentro de su rol, “serán ellas y no los hombres las que presenten más comportamientos que se consideran viciados o inaceptables”. Y, segundo, porque esta idea se sustenta simbólicamente en toda la literatura, arte, folk, … [HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ]. Por lo que son dos sistemas que se retroalimentan en círculo.

En el caso concreto de la locura, como hemos ido comentando, el diagnóstico tiene que ver con aquello que la sociedad considera un comportamiento no adecuado. Pues, entre que es realmente insufrible e imposible para las mujeres cumplir con los mandatos del género femenino y la pesada herencia, originada en los clásicos, que llevamos a las espaldas, ha sido facilísimo [EN BANDEJA] colocar a las mujeres en el lado de la locura y no solo de manera simbólica sino de forma real con consecuencias. Y ahora lo vamos a ver.

En el siglo XVI, ya se había puesto de moda que los maridos encerrasen a sus mujeres en manicomios para hacerlas callar, pero también se encerraba a las prostitutas, a las mujeres solteras embarazadas, a las pobres o a las jóvenes molestas, perdurando esta situación hasta el siglo XX, nada menos. En estos siglos, la adaptación al rol femenino fue la unidad de medida de la salud mental de la mujer y también de su progreso psiquiátrico [LA HERENCIA CLÁSICA], pero ni siquiera hacía falta que la mujer hiciera nada especial, solo hacía falta que tu marido declarara que estabas “loca” para encerrarte. Muchas veces estos hombres utilizaban el encierro como una forma más de maltrato hacia sus esposas o simplemente porque se habían cansado de ellas y deseaban volverse a casar [EASY PEASY LEMON SQUEEZY]:

“Ahora está muy de moda y resulta muy sencillo hacer que una persona parezca loca. Si un hombre se cansa de su esposa o si pierde la cabeza por otra mujer, no le cuesta mucho hacer que la metan en una institución de este tipo. La belladona y el cloroformo la harán parecer lo suficientemente loca y después de que las puertas del manicomio se hayan cerrado tras ella, adiós al maravilloso mundo y a todos los vínculos con el hogar”. (Ana Metcalf, 1876).

Una vez encerradas, las mujeres internas quedaban a merced de la brutalidad de la institución, como prisioneras y sin ningún derecho legal, se las sometía a diferentes torturas contra su voluntad, como el electrochoque, sufrían acoso y abusos sexuales, soledad y desprecio constantes y, muchas veces, sus historias terminaban en suicidio. Todo esto lo cuenta Elisabeth Packard en su relato Asylum (1864). En 1860, ella misma fue internada en un manicomio por orden de su marido porque se atrevió a hacer “interpretaciones religiosas libres”. Fue Elizabeth Packard la primera que estableció la analogía entre la psiquiatría institucional y la Inquisición. Tras tres años y medio de encerramiento, Elizabeth consiguió que un jurado la absolviera. Entonces, redactó un borrador de proyecto de ley por el derecho de las mujeres casadas a quedarse con sus ingresos y a que un jurado las escuchase antes de ser internadas. Consiguió que esta Ley se aprobase en 1865: la Ley de libertad personal de la Sr. Packard [QUE EMOCIÓN].  

También mujeres de muchísimo talento sufrieron esta moda de las hospitalizaciones psiquiátricas. Personajes como Zelda Fitzgerald, encerrada por su marido Scott Fitzgerald, murió abrasada en el incendio de un psiquiátrico. O Virginia Woolf, uno de los mayores exponentes de la literatura del siglo XX, que, aterrada por la idea de la locura y de que su marido notase unos posibles síntomas, decidió suicidarse ahogándose en el río Ouse. O como Camille Claudel, escultora brillante, cuyo talento temía Rodin, que la maltrató psicológicamente hasta provocarle crisis nerviosas, lo que le llevó a que la encerraran en un manicomio durante 30 años. Murió a los 70 años, pobre y abandonada, y fue enterrada en una fosa común. 

También nos ha resultado curioso el caso de la escritora feminista Charlotte Gilman, que en 1886 su médico, para paliar la depresión que sufría, le ordenó:

“llevar una vida lo más doméstica posible. ten a tu hija todo el tiempo contigo. Túmbate una hora después de cada comida. Dedica no más de 2 horas al día a la vida intelectual, y no toques nunca un bolígrafo, un pincel ni un lápiz por el resto de tu vida”. [WTF]

¿Y en la actualidad?

Por suerte las cosas han mejorado [¿NO?]. El feminismo ha conseguido grandísimos avances en las últimas décadas, y la voz de las mujeres ya no es nunca silenciada por recibir la etiqueta de “loca” [¿VERDAD?]. Ninguna mujer es nunca llamada loca, o histérica, o neurótica, o exagerada, así que podemos respirar tranquilas y dedicarnos a otras cosas porque desde que podemos votar vivimos en un mundo de completa igualdad [WAIT ONE SECOND…].

Sí, amigas. Efectivamente. Estábamos siendo irónicas. La locura sigue utilizándose contra las mujeres como arma de doble filo: la invalida al mismo tiempo que señala la norma y sus desviaciones. Dos al precio de uno. Y sino, analicemos el célebre caso de las ex, y cómo es habitual que, cuando chica conoce a chico, chico le confiese, más pronto que tarde, que todas sus ex estaban locas, de manera independiente a lo que hayan hecho. [QUE YA ES MALA SUERTE, COLEGUI, CON TODAS LAS MUJERES ESTUPENDAS QUE HAY POR AHÍ, Y TU PILLAS SOLO A LAS LOCAS].

“Bueno, vale, es cierto, pero nosotras también hablamos de nuestros ex como “cabrones” o “impresentables”, y al fin y al cabo es lo mismo, ¿no?”. Pues mira, no. Porque la palabra “loca”, como venimos diciendo, normativiza e invalida. O, lo que es lo mismo, te indica qué comportamientos sí y cuáles no, y te previene de los últimos para no ser “invalidada”. En la frase “mi ex estaba loca porque no me dejaba emborracharme todos los fines de semana” la norma a seguir está clara: no se te ocurra decir que no puedo beber tanto como quiera porque, sino, serás invalidada.

Pero esperad, que tenemos un regalito de broche final. Resulta que una de las acepciones de la palabra “loca” que da nuestra insuperable Real Academia Española es [YOUR ATTENTION PLEASE]:

loco2, ca: 12. f. eufem. coloq. Arg. y Ur. PROSTITUTA. [¡SÍ SEÑOROS!].

Bibliografía:

Thomas Szasz. La fabricación de la locura.

Thomas Szasz. Esquizafrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría.

Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-V).

Mª Dolores Verdejo Sánchez (Coord.). 1995. Comportamientos antagónicos de las mujeres en el mundo antiguo. Estudios sobre la mujer. Universidad de Málaga.

Phyllis Chesler. 2019. Mujeres y locura. Ed. Continta me tienes.


[1] Las manifestaciones de σωφροσύνη femenina son castidad, modestia, obediencia y comportamiento discreto.

[2] Al pathos alterado de los griegos, los romanos le llaman furor, y que la tradición occidental ha traducido como locura.

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