La Mujer y la Vejez

“Los hombres no envejecen mejor que las mujeres, ellos simplemente tienen permitido envejecer” (Carrie Fisher). 

Envejecer puede ser un proceso medible por la ciencia, cuantificable en términos médicos, pero también puede ser un proceso cargado de significados sociales. La sociedad puede considerar que soy “joven” para ser jefa y, a la vez, que se me está “pasando el arroz” para tener hijos. Y en otros tiempos o, incluso, en otro lugar, con total seguridad, se me juzgaría de manera diferente. Por lo tanto, el concepto de vejez también tiene su parte de construcción social que variará según la sociedad y el tiempo histórico.  

Ahora bien, la cuestión es si envejecer1 significa lo mismo para los hombres que para las mujeres. La respuesta [OBVIAMENTE] es no. Empecemos.  

Un hito que marca definitivamente la vejez de una mujer en prácticamente todas las sociedades es la menopausia. Desde el punto de vista antropológico, el estatus de las mujeres cambia de manera radical durante la menopausia, en algunas sociedades para mejor y en otras, las más, para peor. 

Por ejemplo, hay dos grandes cambios de estatus que pueden describirse. Por un lado, la mujer menopáusica que puede ser víctima de un rechazo social. La célebre antropóloga Françoise Heritier dice que “si [una mujer] es vieja, pobre y ya no tiene ni marido ni hijos que la protejan, se convierte en la bruja de la que proviene todo el mal”. Este hecho se ve claramente reflejado en los cuentos infantiles o en las películas de Disney donde las mujeres que ya no son fértiles se representan como viejas arpías, locas, inútiles o como brujas. La bruja de Blancanieves que envenena, la bruja de la Sirenita que roba atributos a los jóvenes, la bruja de Madame Mim que además está loca o la vieja de la casa de pan de jengibre que mete a los niños en el horno [LOL]. No nos olvidemos que en contraposición tenemos a los abuelitos afables o a los brujos también adorables como Merlín, que es encantador [ANDA].   

La RAE [QUE BRILLA POR SU FEMINISMO. AH, NO, PERDÓN] define “bruja”: “mujer fea y malvada, que tiene poderes mágicos y que, generalmente, puede volar montada en una escoba” [LO DE LA ESCOBA ES TOP. ME IMAGINO UNA DE ESTAS ASAMBLEAS DE HOMBRES EN LAS QUE DECIDEN COSAS SOBRE MUJERES DICIENDO “AH, Y VAN A VOLAR EN ESCOBA”. PORQUE NO PODÍA SER EN CABALLO ALADO, NO. UNA ESCOBA, QUE NOS PILLA MÁS A MANO]. Esa mujer fea y malvada a la que se refiere la RAE es menopáusica [AMIGUIS]. La otra acepción es “mujer de aspecto repulsivo” [QUE TAMPOCO SE QUEDA CORTA]. 

Por otro lado, las mujeres menopaúsicas que están casadas, son ricas o tienen hijos, en ciertas sociedades, adquieren un estatus especial que les permite hacer cosas reservadas a los hombres. Por ejemplo, entre los indios piegan (EE.UU.) las mujeres menopáusicas pueden beber alcohol, blasfemar, organizar fiestas, ofrecer sacrificios e incluso orinar de pie. Actos que antes, como mujeres fértiles [O SEA, MUJERES “DE VERDAD”], no tenían permitidos. Como curiosidad, en estas sociedades indias esas mujeres son llamadas mujeres con “corazón de hombre”. 

En el caso concreto de nuestra sociedad, según Heritier, a las mujeres se las califica como “viejas” cuando ya no pueden cumplir con su papel reproductor. De esta manera, la menopausia supone un desvío de lo que se considera femenino, cuya característica principal es la fertilidad como signo femenino de juventud y salud, siendo la infertilidad lo contrario.  

Esto se traduce simple y llanamente en que las mujeres dejan de ser un objeto de deseo, en definitiva, dejan de ser útiles [PARA LOS HOMBRES] y se convierten en viejas. La antropóloga decía “los hombres son útiles hasta su muerte y nosotras hasta nuestra menopausia”

Ya por el siglo IV a.C., [MI QUERIDO PRIMO] Aristófanes en su obra La asamblea de las mujeres [OBRA TOP] parodiaba de una manera [MONDANTE] clara la repulsa que causaba la idea de acostarse con una mujer vieja. En la Asamblea de las mujeres, las mujeres se hacen con la asamblea [GUIÑO GUIÑO] y empiezan a dictar una serie de nuevos mandatos que se tienen que cumplir. Uno de ellos es:  

“Las mujeres han decretado que, si un hombre joven desea a una muchacha joven, no pueda cepillársela antes de haberse tirado a una vieja. […]” [LOL] 

Con esta norma en la palestra, se producen varios encontronazos entre un joven y una vieja que son [LO MÁS] del tipo: 

Un joven. – Ojalá pudiera acostarme con esa joven y no tener que cepillarme antes a una vieja. Para un hombre libre eso es insoportable.  

Vieja 1ª. – Aun a regañadientes te la cepillarás, por Zeus; […] Según la ley lo justo es obrar así, si es que estamos en democracia. [JAJAJAJA] 

Un joven. – Hoy no metemos las causas de más de sesenta años, […]. Juzgamos las menos de veinte. 

Vieja 1ª. – Eso era con el gobierno de antes, mi dulce amigo. [JAJAJA] En cambio ahora se ha decidido que se nos meta a nosotras primero.  

En la obra, las viejas también se pelean con las jóvenes, claro: 

Una joven. – […] Y, tú, vieja, depilada y maquillada, sólo llamas la atención de la muerte. 

Vieja 1ª. – Ojalá se te cierre la raja y el catre se te caiga […] [AY ES QUE LLORO] 

[YA PARO, ES QUE ESTA OBRA ME SUPERA] 

Con el paso de los siglos, parece que las cosas siguen sin cambiar demasiado, ya que no hace falta explicar el impacto que sigue causando ver a mujeres mayores con parejas más jóvenes y ya ni hablar de las mujeres que solo buscan relaciones sexuales. Solo hace falta darse cuenta de que en muchos idiomas existen palabras específicas con connotación despectiva para referirse a estas mujeres, como, por ejemplo, la palabra “cougar” del inglés que significa: “una mujer mayor que busca una relación sexual con un hombre más joven”. Esta palabra se usa prácticamente [Y SIN PRÁCTICAMENTE] como insulto. 

Así las cosas, ¿qué implica y ha implicado para nosotras este cambio de estatus [A VIEJA, INÚTIL, FEA Y MALVADA (PARA LOS LOST)] en nuestra sociedad? 

Angela Saini, en su libro Inferior, describe que ser mujer dejaba de tener sentido si una ya no podía cumplir con su papel reproductor y cuenta que eso se veía reflejado en el trato que recibían las mujeres mayores, no solo por la sociedad en general, si no también y, sobre todo, por parte de la ciencia y la profesión médica. 

Durante el siglo XIX y principios del XX, muchas mujeres menopáusicas fueron ingresadas en psiquiátricos y hospitales. Por aquel entonces apenas se sabía nada acerca de la menopausia, sobre las alteraciones físicas que se producían en el cuerpo de las mujeres y, mucho menos, sobre la presión mental que suponía el cambio de estatus en la vida de las mujeres. Así, en estas instituciones se les administraba todo tipo de curas: práctica de sangrías para eliminar la sangre menstrual, administración de opio y morfina, extirpación de ovarios, etc. 

A partir de los años 1930, las compañías farmacéuticas de EE.UU. comenzaron a gestar lo que serían los tratamientos hormonales para la menopausia, redefiniendo la menopausia prácticamente como una enfermedad.  

Estos tratamientos hormonales se comenzaron a prescribir de forma rutinaria durante gran parte de la segunda mitad del siglo pasado, principalmente [QUIERO PENSAR] para paliar alguno de los síntomas físicos provocados por las alteraciones hormonales, pero también para cumplir la promesa de “los pechos y órganos genitales de una mujer no se marchitarán. Será mucho más agradable vivir con ella” [JUZGUEN USTEDES], nos cuenta Angela Saini que así rezaba el libro Feminine Forever escrito en 1966 por el famoso ginecólogo neoyorquino, Robert Wilson, sobre tratamientos de hormonas sexuales a mujeres menopáusicas. 

En las sociedades occidentales, todo esto ha derivado en que la menopausia ya no se contemple como una parte normal y natural del proceso de envejecimiento, sino que sea vivida como una desestimación y una entrada a la oscuridad. Si a esto le sumamos la diferencia de estatus que existe entre una mujer considerada “mayor” y otra considerada “joven”, podemos entender la presión que sienten las mujeres para no llegar a ser catalogadas como “viejas” por la sociedad y, de paso, aparentar que no estás [DIOS TE LIBRE] menopáusica.  

En uno de los episodios de la serie americana Mujeres desesperadas [VIVO ENGANCHADA, NO ME ESCONDO] encontramos un gran ejemplo de cómo puede ser vivido este cambio de estatus. El ginecólogo le ha sugerido a Susan Mayer, una de las protagonistas, que puede estar experimentando la menopausia. En una escena posterior, Susan se encuentra en una barbacoa con su marido, Mike, que en ese momento está oliendo unos huevos rellenos: 

– Creo que estos huevos han pasado su mejor momento. – dice Mike. [JAJAJA] 

– Oh. Así que entonces los evitamos y los tiramos a la basura ¿no? – responde Susan enfadada. 

– Bueno, pues sí, ya que la mayonesa dejada al sol te puede matar.  

Como la nota rara, Mike le empieza a preguntar si le pasa algo y entonces Susan le cuenta lo que le ha dicho el ginecólogo.  

– ¿Menopausia? ¿No eres un poco joven para eso? – dice Mike. 

– Ya lo sé. Y pensabas que te habías casado con una mujer vibrante en su mejor momento y en cambio tienes una esposa seca y polvorienta. [ME PARTO] 

– Oh, cariño. Pero si es una parte natural de la vida. 

– Sí, ¡La parte de antes de la muerte! [JAJAJAJA] 

Las series americanas, más a menudo de lo que podría parecer, son muchas veces objeto de estudio antropológico [AUNQUE YO NO VEO LA SERIE CON ESTOS PROPÓSITOS, YA OS LO DIGO]. 

En definitiva, solo tenemos que observar cómo las mujeres somos víctimas de todo tipo de tratamientos antienvejecimiento, desde los cosméticos más [SUPUESTAMENTE] inofensivos hasta las cirugías estéticas más radicales. Todo para permanecer atractivas [= ¡JÓVENES! ¿Y A OJOS DE………..? (FILL THE GAP)] y, de paso, esclavas. 

Para mostrar hasta dónde llega el asunto, antes de continuar, abro un paréntesis. En Chinchón (Comunidad de Madrid) hay unos dulces típicos que se llaman “tetas de novicia” y otros “pelotas de fraile”. Fijaos que las “tetas” son de novicia, que no de monja [VAMOS A VER, ¿A QUIÉN LE APETECEN UNAS TETAS DE MONJA? ¿NO?] y, sin embargo, las “pelotas” son de fraile, que no de monaguillo [RESULTA QUE LAS PELOTAS SE MANTIENEN IGUAL DE APETITOSAS CON EL PASO DEL TIEMPO]. Cierro paréntesis. 

El tratamiento que le damos a nuestro cuerpo puede ser un termómetro para medir desigualdad. La célebre antropóloga británica, Mary Douglas, decía que “el cuerpo humano es imagen de la sociedad y por lo tanto no puede haber un modo natural de considerar el cuerpo que no implique al mismo tiempo una dimensión social” y los símbolos no son arbitrarios. 

Las sociedades humanas han encontrado en el cuerpo la materia más próxima para dotarla de significados. Es lo que se denominaría el cuerpo social. La antropóloga afirma que el cuerpo social condiciona el modo en que percibimos el cuerpo físico y, a su vez, la experiencia física del cuerpo mantiene una determinada visión de la sociedad. Por lo que las formas que adopta el cuerpo expresan, en muchos aspectos, la presión social. Por ejemplo, el cuidado que le otorgamos en lo referente al aseo, alimentación o terapias, las teorías de necesidades respecto al sueño o al ejercicio, el dolor que es capaz de resistir, el refinamiento en el comer,  contención de los ruidos corporales, incluida la respiración, suavidad de movimientos, la expresividad emocional, etc. en definitiva, todas las categorías culturales por medio de las cuales se percibe al cuerpo deben estar de acuerdo con las categorías por medio de las cuales percibimos la sociedad. Y, por supuesto, esto también aplica al caso del envejecimiento, como os comentaba al comienzo del post. 

Todo este análisis sugiere que el incremento de la presión social, de la fuerza del sistema social, se traduce en una mayor distinción y distancia entre el cuerpo físico y el cuerpo social. En este caso, el cuerpo físico que debería envejecer siguiendo su curso natural se encuentra con una serie de constricciones sociales que lo convierten en cuerpo social que, como he mencionado, expresan cómo es la sociedad.  

Recapitulando. Siguiendo la teoría de Heritier podemos afirmar que una parte esencial que conforma la identidad femenina es la juventud, pues la imagen de la mujer se valoriza de manera doble como objeto de fecundidad y objeto sexual, así la menopausia supone una pérdida irremediable en ambos aspectos. ¿Irremediable? Completando lo anterior con la teoría de Douglas, vemos que, a través de esta presión social [LA DE NO ENVEJECER], las mujeres transforman su cuerpo físico para adaptarnos al cuerpo social [SIEMPRE JÓVENES Y, POR TANTO, ATRACTIVAS] y “paliar” lo irremediable. 

Y ahora está el que dice, “sí, pero, hoy en día, nadie os manda teñiros el pelo, compraros cremas o haceros un lifting. Si no quieres teñirte, no te tiñas”.    

Este tipo de afirmaciones son más peligrosas de lo que parecen a simple vista, ya que nos adentramos en el resbaladizo terreno del mito de la libre elección. Y para explicar esto último voy a invocar a uno de los pesos pesados de la teoría feminista, la [FANTÁSTICA, MAGNÍFICA, CLÁSICA, ÚNICA, GENIAL] filósofa Ana de Miguel.  

Ana de Miguel, en su libro Neoliberalismo sexual, explica de manera muy clara que hoy en día en nuestras sociedades la desigualdad “ya no se reproduce por la acción de las leyes ni por la aceptación de ideas sobre la inferioridad de la mujer, sino a través de la libre elección de aquello a lo que nos han encaminado” y cómo el sistema condiciona las elecciones de las personas según el sexo de nacimiento, colocando el énfasis en la socialización diferencial.  

De Miguel afirma que la estructura patriarcal se asienta y difunde por medio de la creencia de que, como ya hay igualdad, cualquier cosa que decida hacer una mujer es porque lo ha elegido libremente y ha consentido. Las mujeres ya pueden elegir libremente dejar el trabajo asalariado cuando deciden ser madres. Las mujeres ya pueden elegir libremente operarse hasta las cejas. Las mujeres ya pueden elegir libremente ser putas. 

La sociedad patriarcal continúa reproduciendo una ideología sexista que se difunde por medio de la imposición de normas de comportamiento diferente según el sexo y presenta cual es la identidad femenina y masculina correcta, es decir, no desviada. Según la filósofa: 

“las normas y las ideologías sexuales no son optativas, deben cumplirse salvo riesgo de una fuerte sanción. […] 

Por ejemplo: los chicos no llevan falda y punto. Claro que ellos esgrimirán que no quieren llevar falda, que no les gusta, que les parece incómoda, que pasan frío, que se les ve el calzoncillo. Es decir, que es una sociedad libre en que si no llevan falda es, qué casualidad, porque a ninguno le gusta. Lo mismo les sucede a ellas con las minifaldas, que les gustan, qué les parecen cómodas, que no pasan calor y que cruzan las piernas y ya está, no se te ve nada. Cuanta casualidad, pero cuidado, a ninguno ni a ninguna se les va a pasar por la cabeza desafiar la norma.” 

Según Ana de Miguel, la sociedad patriarcal hace que las mujeres sigamos interpretando la coacción como libre elección, tanto llevar taconazos de aguja, asumir el trabajo doméstico o teñirse las canas. De ahí la importancia de acabar con los mandatos del género. 

Dicho esto, y volviendo a la menopausia, Angela Saini cuenta que cuando un fenómeno tan importante como este ocurre en humanos, se suelen encontrar procesos similares en otras especies, sobre todo entre los grandes simios. Sin embargo, esto no sucede en el caso concreto de la menopausia, ya que, prácticamente en todas las especies, las hembras mueren antes.  

Solo hay otro caso excepcional [DE LARGA VIDA POSMENOPÁUSICA], junto al de las hembras humanas, y es el caso de las orcas. Las hembras de orca dejan de reproducirse a los 30 o 40 años, pero pueden llegar a vivir hasta los 90 años, sin embargo, los machos mueren mucho antes, a los 30 o 40 años. Los investigadores han llegado a la conclusión de que es la sabiduría acumulada a lo largo de su vida lo que hace a las hembras mayores tan valiosas. Las ballenas menopáusicas [LOVE] parecen saber dónde y cuándo se encuentra el salmón y lideran los grupos cuando hay escasez de alimentos, por lo que son una pieza clave para la supervivencia.   

George Williams, uno de los biólogos evolutivos más importantes del siglo XX, desarrolló una idea que se denominó la “hipótesis de la abuela”, donde intentaba averiguar el porqué de la menopausia humana. Proponía que la menopausia pudiera tener la función de proteger a las mujeres mayores de los riesgos vinculados a los embarazos y nacimientos, de forma que pudieran vivir el tiempo suficiente para cuidar a los hijos y nietos que ya tenían y concluía que no era acertado considerar a la menopausia como parte del envejecimiento. La teoría intentaba demostrar la influencia fundamental de las mujeres posmenopáusicas en la evolución de la especie humana. 

La menopausia tendría entonces un propósito evolutivo, convirtiendo a las abuelas en mujeres de gran utilidad [OJO, QUE NOS SIGUE COLOCANDO EN NUESTRO PAPEL DE CUIDADORAS], sacándolas de los márgenes de la vida social para resituarlas en el centro.  Esta teoría ha sido alimentada por investigaciones etnográficas en sociedades actuales de cazadores-recolectores y todavía no existe otra teoría que haya podido refutarla.  

Aunque la hipótesis de la abuela puede resultar controvertida, Angela Saini apunta que ha ayudado a crear una visión positiva de la vejez femenina.  

Haciendo mi propia interpretación, apostaría por una hipótesis de la abuela 2.0 en la que las abuelas son como las ballenas menopáusicas: demasiado sabias y valiosas. 

Gracias al feminismo, cada vez más, las mujeres reivindican mostrar con naturalidad sus arrugas y canas, ejemplo de ello han sido muchas actrices e incluso la misma Reina Leticia. También, hace tiempo que las actrices vienen demandado la creación de más papeles de mujeres mayores protagonistas. Pero, por desgracia, todavía no es mundo para viejas.   

Eso sí, os envío aquí un mensaje de [INTENTO DE] alivio a todas las mujeres, en palabras de Juan del Enzina (s. XIII): “Hoy comamos y bebamos y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos”. 

Bibliografía: 

Angela Saini. 2018. Inferior. Editorial Círculo de tiza. 

Ana de Miguel. 2015. Neoliberalismosexual. Editorial Feminismos. 

Honorio Velasco, Sara Sama. 2019. Cuerpo y espacio. Símbolos y metáforas, representación y expresividad en las culturas. Editorial universitaria Ramón Areces. 

Françoise Heritier. 2014. Masculino/Femenino II. Disolver la jerarquía. Editorial FCE. 

Aristófanes. La Asamblea de las mujeres. Ediciones Clásicas.  

TV: Mujeres Desesperadas. Episodio 1, temporada 3. 

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