El Silencio de las Mujeres

“Hay un tipo de acoso hoy en día que se basa en silenciar a las mujeres. Algo así como ¡cállate, zorra!” Mary Beard.

En 2017 asistí a una charla que daba Mary Beard [YO, FAN Nº1. EN OTRAS PALABRAS: MARY, WILL YOU MARRY ME?], catedrática de estudios clásicos de la Universidad de Cambridge y premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales en 2016, en la Fundación Telefónica, Madrid. La charla fue de lo más interesante. Trataba sobre los discursos que han influido en el silenciamiento de las mujeres desde la antigua Grecia hasta la actualidad y el papel que juega la mitología clásica en nuestras propias representaciones del poder (y la ausencia de este) en el caso de las mujeres.

Sobre la primera parte de la charla, me llamó muchísimo la atención la reflexión sobre la voz de la mujer en la historia [O LA FALTA DE ESTA, MEJOR DICHO]. Y Beard aseguraba que este silenciamiento hoy todavía pervive. Por ello, voy a recoger en este post el discurso de esta gran clasicista y, dicho sea de paso, ayudar a darle voz.

Empecemos.

Los mecanismos que silencian a las mujeres están profundamente embebidos en nuestra cultura Occidental. Son los mismos mecanismos que, con frecuencia, se niegan a tomarnos en serio y que nos apartan de los centros de poder.

Mary Beard explicaba que el mundo de los antiguos griegos y romanos puede ayudarnos a arrojar luz sobre las raíces de este peliagudo “asunto” ya que, cuando se trata de silenciar a las mujeres, la cultura Occidental tiene miles de años de práctica.

El objetivo de Mary Beard era analizar con una perspectiva amplia la relación cultural tan extraña que hay entre las mujeres y la oratoria, debate o discurso público. Su propósito era ir más allá del, a veces, vago diagnóstico que se hace de la misoginia en este sentido. Según ella, si queremos entender, y hacer algo al respecto, el hecho de que las mujeres todavía tienen que pagar un precio muy alto por y para ser escuchadas, tenemos que conocer y reconocer que hay una larga historia detrás.   

Mary Beard comenzó explicando los comienzos de la tradición de la literatura Occidental y con ello el primer registro escrito de un hombre diciéndole a una mujer que “se callara”. Este es el caso de La Odisea de Homero. La Odisea nos cuenta la historia épica de Odiseo y las aventuras que vive durante su vuelta a casa una vez finaliza la guerra de Troya. Mientras Odiseo vive sus aventuras, su mujer, Penélope, lleva décadas esperándole fielmente en su casa, rechazando a todos los pretendientes que le presionaban para casarse con ella. Pero La Odisea sobre todo trata de la historia de Telémaco, el hijo de Penélope y Odiseo, y de su transformación de niño a hombre a lo largo del poema. El proceso [DE TRANSFORMACIÓN MACHUNA] empieza cuando Penélope baja de sus aposentos privados al gran hall del palacio para presenciar una actuación de uno de sus pretendientes; éste estaba cantando una canción que no le estaba agradando nada a Penélope y entonces ella le pide que elija otra canción más alegre. En ese momento es cuando Telémaco interviene y le dice “Madre, vuelve a tus aposentos y encárgate de tu propio trabajo, el telar y la rueca de la oratoria será asunto de hombres, de todos los hombres, y el mío sobre todo; mío es el poder dentro de esta casa.” Y así, Penélope vuelve escaleras arriba.

Según explicaba Mary Beard, esta es una demostración de que, justo donde empieza la evidencia escrita de la cultura Occidental, las voces de las mujeres no se escuchaban en la esfera pública. Pero Beard exponía que el significado de este ejemplo va más allá. Como muestra Homero, una parte integral de madurar como hombre [EN LA ANTIGUA GRECIA] era aprender a tener el control de la oratoria pública y a silenciar a las mujeres. De hecho, la palabra real que utiliza Telémaco cuando se refiere a que la oratoria es “cosa de hombres” es muthos. Beard explicaba que en el griego homérico esta palabra hace referencia a un discurso público autoritario, no el típico parloteo o cotilleo del que todo el mundo es capaz.

El ejemplo de Telémaco es solo el primero de muchos dentro de la riqueza de casos que nos brinda el mundo clásico, no solo donde se excluye a las mujeres de la oratoria pública sino donde encima se parodia dicha exclusión. Y Mary Beard nos mostró varios casos.

En los inicios del siglo IV a.C., Aristófanes escribió una comedia dedicada a la “divertidísima” fantasía de que las mujeres lideraran el Estado, La Asamblea de las Mujeres. Parte de la broma consistía en que las mujeres no podían hablar propiamente en público o que eran incapaces de adaptar su discurso privado (el cual estaba centrado en el sexo) al idioma político masculino [VOLVERÉ A ARISTÓFANES EN OTRO POST, QUE NO TIENE DESPERDICIO].

En el mundo Romano, La Metamorfosis de Ovidio [UNA ÉPICA MITOLÓGICA SOBRE PERSONAS CAMBIANDO DE FORMA Y POSIBLEMENTE EL TRABAJO LITERARIO MÁS INFLUYENTE EN EL ARTE OCCIDENTAL DESPUÉS DE LA BIBLIA] vuelve repetidamente a la idea de silenciar a las mujeres en su proceso de transformación. Como por ejemplo, cuando el dios Júpiter transforma a la pobre Io en vaca, por lo que ya no puede hablar sino solo mugir o cuando la habladora Eco es castigada, por lo que su voz ya nunca es suya, solo un instrumento para repetir la voz de otros.

Asimismo, una de las primeras antologías Romanas del siglo I d.C. expone tres ejemplos de “mujeres cuya condición natural no logró mantenerlas en silencio en el foro” [JAJAJA]. La primera, una mujer llamada Maesia, que se defendió con éxito a sí misma en las cortes porque tenía “una naturaleza masculina detrás de su apariencia de mujer” y por ello la llamaron la “andrógina”. La segunda, Afrania, fue famosa por iniciar casos legales y abogar en persona, hasta que todos se cansaron de sus “ladridos”. Se sabe que Afrania murió en el año 48 d.C porque “ante raros como esta es más importante registrar la fecha de su muerte que de su nacimiento”. La tercera, Hortensia, consigue hablar alzando exclusivamente la voz por las mujeres de Roma después de que estas tuvieran que pagar un impuesto espacial para financiar un dudoso esfuerzo bélico. Pero Mary Beard dijo que este último caso supone una excepción.

Según Beard, solo hay dos excepciones en el mundo clásico donde las mujeres pueden hablar públicamente. En el primero, a las mujeres se les permite hablar como víctimas o como mártires, normalmente anunciando su propia muerte, como la historia de Lucrecia que denunció su violación y anunció su suicidio [A ESTA HISTORIA VOLVERÉ] o como las primeras mujeres cristianas que defendían con voz bien alta su fe antes de ser arrojadas a los leones. Pero Mary Beard mostró que hasta esta oportunidad de hablar por sí mismas se la arrebatan. Otra de las historias de La Metamorfosis de Ovidio cuenta la violación de Filomela. Con el propósito de prevenir una denuncia al estilo Lucrecia, el violador le corta la lengua y con ello toda esperanza de contar su historia. [AY, DE VERDAD].

La segunda excepción es la ya comentada de Hortensia. Ocasionalmente las mujeres podían alzar su voz para defender sus hogares, sus hijos, sus maridos o los intereses de otras mujeres. Eso sí, no podían hablar por los hombres o por la comunidad en general.

Beard explicaba que este “silencio” no solamente es un reflejo de la falta de poder de la mujer en el mundo antiguo, como no tener derecho al voto o su limitada independencia legal y económica. Esto era solo una parte. Ella comentaba que estamos lidiando con una exclusión mucho más activa de las mujeres del discurso público. Lo que decía es que hablar en público no es solo una cosa que las mujeres no hacían, sino que era una práctica exclusiva y una habilidad que definía la masculinidad como género. Como en el ejemplo de Telémaco, convertirse en un hombre era demandar el derecho a hablar en público. Hablar en público era EL ATRIBUTO que definía la masculinidad. Entonces, una mujer hablando en público, por definición, no era una mujer.

Según Mary Beard, la cultura Occidental no se lo debe todo a los antiguos griegos y romanos, sin embargo, nuestras propias tradiciones de debate y discurso público, sus convenciones y sus normas, todavía permanecen debajo de la sombra del mundo antiguo. Nuestros propios términos de análisis retórico se basan directamente en Aristóteles y Cicerón.

Ella decía que hoy en día sigue vigente el caso que representaba Hortensia en el mundo antiguo: mujeres alzando la voz para apoyar a otras mujeres. Ponía como ejemplo que en el One hundred great speeches in History se puede observar que desde el discurso de Emmeline Pankhurst hasta el que Hillary Clinton dio para la ONU son sobre mujeres. Parece que es nuestro “nicho” dentro del campo del discurso público. Todavía vemos una tremenda resistencia respecto a la ocupación femenina en el territorio tradicionalmente masculino.

En esta línea, Beard comentaba que muchas mujeres que, durante los últimos siglos hasta hoy, se han atrevido a alzar su voz han sido tratadas como unas “freakish” andróginas, como Maesia cuando se defendió a sí misma en el foro. A todo el mundo le puede venir a la cabeza la imagen [INVENTADA] de las sufragistas de principios del siglo XX, por poner un ejemplo.

Ella explicaba que algunos de estos asuntos sobre voz y género están muy relacionados con los trolls de internet y la hostilidad que se transmite online, desde abusos a amenazas de violación o muerte. En Twitter, por ejemplo, este acoso a mujeres es 30 a 1 sobre hombres [CREO QUE TODOS HEMOS VISTO CASOS DE POLÍTICAS, DE PERIODISTAS, DE RECONOCIDAS FEMINISTAS, LA PROPIA MARY BEARD Y UN LARGO ETC. QUE SON ATACADAS CONSTANTEMENTE POR ESTOS MACHITROLLS EN REDES SOCIALES]. Este modo crudo y agresivo se utiliza para eliminar o mantener fuera del “discurso de hombres” a las mujeres. Además a menudo se nos aconseja dejar pasar las cosas, no decir nada, y esto, precisamente, es seguir silenciando. Estas actitudes y prejuicios están muy arraigados en nuestra cultura, en nuestro lenguaje y en nuestra historia.

La conclusión de Mary Beard era que, en definitiva, lo que necesitamos es construir de nuevo el significado de “la voz de la autoridad” y cómo y quién queremos que encaje en ella. Y su punto y final me encantó: “necesitamos trabajar juntas, nosotras las modernas Penélopes, para poder contestar a nuestros propios Telémacos”.

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